En el avión, mientras regresaba de
Coachella pensé “estoy destruida, creo que tendré que dejar de salir un
buen rato”, pero mis intenciones no duraron más de un día, ya que recién volví,
recordé tenía boletos para Matt and Kim, y si que quería verlos.
El miércoles que traté de imprimirlos
ya me los habían cancelado, tenía varios años que no me pasaba algo así, mi
cansancio era tal estaba a punto de dejarlo pasar y darlo por perdido, había
quedado en verme un par de horas antes con mi amiga, y después de un Irish
Carbomb la decisión estaba tomada, compraríamos de nuevo las entradas e iríamos
al concierto, buena elección.
Alcanzamos a ver un pedazo de Beat
Buffet, y a pesar de lo entretenidos que me parecen, ya no fue lo mismo después
de nuestro último y desastroso encuentro.
Cómo me lo esperaba había muy poca
gente, aunque yo creía que habrían más adolescentes.
Desde que salieron al escenario supe
que sería una noche llena de baile y felicidad, todavía mejor que su
presentación en el Corona porque esta vez habría muchos fans que de verdad
aprecian su acto. Y así fue: todos bailamos, agitamos nuestras manos al aire,
gritamos y nos divertimos como en fiesta infantil, y no estaba de más, habían
globos, papeles de colores, canciones festivas y un dueto que no se
desconectaba ni un segundo de su público, incluso señalaban y decían “te estoy
viendo”.
Ya se ha hablado mucho sobre lo
difícil que es explicar un show de Mat and Kim porque es una locura total, en
ningún momento dejan de moverse, sacuden sus cuerpos sin control, corren por
todos lados y parece que les cuesta trabajo mantenerse sentados porque a pesar
de tener bancos brincan de ellos una y otra vez. En un momento mi amiga
comentó: “estos seguro se metieron algo” y parece que sí, es justo ese desborde
de energía el que los caracteriza. Hubo el clásico meneo de culo de Kim sobre
los asistentes y las canciones que todos esperábamos corear mientras
bailoteábamos espantosamente, hasta que literalmente nos diera dolor de caballo
(al menos a mi me pasó y vi a un par más que se quejaban de lo mismo).
El momento cumbre no tuvo nada que ver
con ellos, se lo llevó un niñito de unos 10 años que todo el tiempo estuvo en
los hombros de alguien cantando cada una de las canciones del set, yo estaba
impactadísima de lo mucho que lo disfrutaba, y al parecer Kim también lo notó,
porque al terminar de tocar y volverse al público para repartir el montón de
baquetas que había utilizado (ya que le da tan fuerte a la batería, que todo el
tiempo se rompían o salían volando), trató de atinarle en repetidas ocasiones
al pequeñín, pero al no tener éxito, le pidió a un miembro de su staff que
hiciera entrega mientras ella corría tras bambalinas, lo cual se convirtió en
toda una hazaña para ambos, ya que por más que se estiraban había un montón de
manos entrometiéndose y tratando de robar tan preciado souvenir, como zombies,
pero cuando por fin lo lograron, el niño fue tan feliz que alzó la baqueta al
aire cómo si estuviera levantando un trofeo, mientras todos aplaudíamos y
gritábamos de emoción. Fue un instante tan especial que casi nos roba unas
lagrimas.
A pesar de que ya sabía exactamente
cómo iba a ser su presentación (ya que no varían mucho), disfrute cada segundo,
no cabe duda que ese supuesto matrimonio sabe muy bien cómo armar una fiesta.